Guerra contra el miedo

donotbeafraid

 ¿Y no te da miedo?

Esta pregunta no ha dejado de perseguirme, vaya a donde vaya, y viva donde viva.

Recientemente, viviendo en Panamá me preguntaban si no tenía miedo del zika. Después llegué a México y la gente me preguntaba si no tenía miedo de irme a vivir a Líbano. En Francia querían saber si no me daba miedo estar con mis hijos en México. Y ya el colmo fue cuando en Líbano conocí a dos personas: una que vive y trabaja en Iraq que me dijo que tenía miedo de ir de vacaciones a México sola y otra que acababa de estar de vacaciones y me aseguraba que se sentía mucho más segura en Beirut que en Guadalajara.

Antes de esto el miedo era a viajar sola, a los robos con machetazos en Grenada, a los huracanes en el Caribe, al dengue, a bucear, a los zapatistas en Chiapas, a vivir y andar en bici en la Ciudad de México, al H1N1, al ébola, a las serpientes, a los partos en casa, a los alacranes en Tapalpa, etcéeetera…

Total de que no hay un solo lugar en el mundo donde no le tengamos miedo a algo. El espectro va desde un mosquito hasta un loco depresivo con permiso para manejar un camión. Y ahí en medio puedes meter un millón de cosas más… Y también en ese rango, algunas cosas a algunas personas nos parecen ya hasta “normales” (como que secuestren a alguien de tu familia o ver fotos de decapitados o colgados de puentes en el periódico cada mañana) y otras cosas nos dan mucho más miedo (como viajar en avión junto a una pareja de musulmanes).

Medios de comunicación y estereotipos

Con el tiempo, y gracias a escuchar constantemente este tipo de comentarios, me he dado cuenta que la mayoría de las cosas a las que tememos son aquellas que no conocemos o con las que estamos menos familiarizados. La mayoría de las personas que me preguntan si no tengo miedo de ir a Líbano son aquellas que ni siquiera podrían situarlo en un mapa, basando sus opiniones en cosas que sucedieron hace más de veinte años o simplemente por la imagen que han recibido de los medios de comunicación.

Las personas que venimos de países de mayoría cristiana tenemos una imagen terrible de los musulmanes, reforzada entre otras cosas por las noticias, las películas de Hollywood y recientemente por el ignorante y xenofóbico de Donald Trump. Ni siquiera sabemos la diferencia entre un árabe y un musulmán, y estamos convencidos de que todos son terroristas. En América Latina la mayoría de las personas no han conocido nunca en su vida a un musulmán, a pesar de que hay más de 1.6 billones de ellos en el mundo, y cuando apenas un 0.006% de ellos son yihadistas.

Lo más paradójico es que son sobre todo los mexicanos quienes me preguntan si no me da miedo ir a un país “en guerra”, cuando en realidad es México el que está en una Guerra contra el Narcotráfico que ha cobrado muchas más vidas que las cobradas por actos terroristas en el mundo (de manera oficial se contabilizan más de 150,000 personas asesinadas desde 2006).

Lo mismo sucede con las personas en Europa o en Estados Unidos que dicen tener mucho miedo de ir a México, pues se han creado una imagen terrible a través de los noticieros. Una persona en Francia me dijo que estaba convencida de que si iba a México la secuestrarían en el aeropuerto. Una gran amiga inglesa que está a punto de mudarse a México me comentaba que exactamente los mismos comentarios que recibo sobre mi mudanza a Líbano se los hacen a ella sobre México, y la consideran una irresponsable por ir a este “país en guerra”. Y es que les aseguro que si los mexicanos viéramos las noticias en el extranjero sobre nuestro país saldríamos todos corriendo ¡aunque fuera a Guatemala! Sin embargo, la mayoría de los mexicanos ya nos acostumbramos a vivir así, seguimos pensando que México es el mejor país del mundo y estamos entre las personas más felices del mundo.

En resumen, el miedo es simple y sencillamente ignorancia. Le tememos a lo desconocido. Pero sobre todo permitimos que sean los medios de comunicación con su amarillismo y su morbo, y los políticos con su propaganda y sus intereses económicos, quienes nos creen la imagen de cada lugar. Lo más paradójico es que nuestro miedo más grande es el de morir, aun si la muerte es lo único que tenemos asegurado en esta vida (porque sí, les tengo una mala noticia: todos nos vamos a morir, tarde o temprano).

Pequeñas precisiones, simples pero importantes:

Líbano no es un país en guerra (la guerra civil libanesa fue de 1975 a 1990, y el último conflicto armado contra Israel data de 2006).

Líbano no es un país musulmán (más del 40% de la población es cristiana).

En Líbano las mujeres no andan con velo (solo algunas mujeres, no todas, y de hecho ves a muchísimas mujeres de minifalda y escote en las calles).

En datos concretos, México y Líbano están exactamente en el mismo nivel de seguridad, es decir, de la fregada los dos (números 135 y 136 respectivamente en el índice de paz sobre 158 países), con prácticamente la misma cantidad de muertes violentas per capita al año. En pocas palabras, el crimen organizado en México no tiene nada que envidiarle al Hezbolá.

¿Que si en Líbano puede haber un atentado terrorista? ¡Claro! El riesgo de atentado existe, no solo en Líbano, pero también, y como ya lo estamos viendo, en Europa, EUA, África, Asia… ¡hasta México está entre la lista de países amenazados por ISIS! Bueno, quizá en América Latina el riesgo de atentado terrorista es menor, excepto que aun así sigue siendo la región MÁS PELIGROSA del mundo (con más de 150,000 muertes violentas al AÑO), donde los asesinatos, violaciones, robos, ejecuciones, secuestros, extorsiones son pan de cada día, y algunas veces hasta cometidos por las mismas autoridades que se supone están para proteger a la población (en muchos países le tenemos más miedo a un policía o a un militar que al mismísimo líder del cártel).

Muchos piensan que los muertos por el narco son solo gente metida en el negocio, o puro arreglo de cuentas, pero la realidad es otra. En México mueren 56 personas AL DÍA por hechos violentos, a veces tan estúpidos como un robo a mano armada en un transporte público, para quitarte el carro o el reloj, porque al peluquero le quedó mal el corte, o porque un grupo de estudiantes se manifiestan. Ni qué decir de todos los asesinatos a periodistas y migrantes. Es decir que tenemos mini atentados terroristas todos los días, pero pareciera que en pequeñas dosis cotidianas se siente menos, aún si el número de víctimas global es cientos de veces mayor.

Por su parte, los libaneses, debido a su localización geográfica y sus “recientes” conflictos bélicos, tienen una tradición de protección y seguridad bastante avanzada, sobre todo comparada con algunos países de Europa. Hay mucha seguridad y check points por todos lados, sobre todo en aquellos lugares de conglomeración masiva (aeropuertos, centros comerciales, lugares turísticos, etc…) donde no puedes entrar sin que te revisen la bolsa o sin pasar por un detector de metales. Esto hace que muchas personas se sientan, por lo menos en este momento, más seguros en Beirut que en París.

Hablando de probabilidades

A pesar de que en las noticias se habla de terrorismo diariamente y pareciera que es lo único que sucede en el mundo en la actualidad, la probabilidad de que te toque un atentado terrorista, aun viviendo en Siria, es mínimo. Lo más probable es que la mayoría de las personas muramos atropelladas, o en un accidente de carro, o resbalándonos en la regadera, o simplemente en una cama, ya sea en tu casa o en un hospital (aun así no dejamos de cruzar calles, ni de manejar, ni de bañarnos, ni dejamos de dormir ni de ir al hospital cuando enfermamos…).

Relativizando y racionalizando aquí algunos datos que comprueban que el “miedo al terrorismo nos vuelve estúpidos”:

-Tienes 8 veces más probabilidades de morir a manos de un policía, que de un terrorista.

-Tienes 17,600 veces más probabilidades de morir de un ataque al corazón, que de un ataque terrorista.

-Tienes 11 mil ves más probabilidades de morir en un accidente aéreo, que de un ataque terrorista que involucre un avión.

-Tienes 1,048 veces más probabilidades de morir en un accidente de auto, que en un ataque terrorista.

-Tienes 9 veces más probabilidades de morir de asfixia accidental en tu cama, que de un ataque terrorista.

-Tienes 6 veces más probabilidades de morir a consecuencia de un clima cálido, que de un ataque terrorista.

Pero todos estos datos reales, científicos y fundamentados, no sirven de mucho cuando le hemos abierto la puerta al miedo y hemos permitido que nos domine y domine nuestras percepciones. Lo peor de todo es que tenemos tanto miedo y lo pensamos tanto que a veces terminarnos por provocar las cosas, aun cuando la probabilidad de que nos sucediera fuera muy baja.

El juego del terrorismo

Mi viaje de introducción a Líbano (vía París) inició con el atentado en el aeropuerto de Estambul y terminó con el atentado en Niza. El ambiente era tenso, por lo menos dentro de mí, pero me impresionó la calma de la mayoría de las personas en los aeropuertos. Y entonces deduje que la gente había entendido que tendremos que aprender a vivir con la amenaza permanente, pero que no se puede vivir con miedo, simplemente porque el objetivo del terrorismo es ese, generar terror en la población, y lo logran, siempre y cuando las personas lo permitan.

La única forma de ganarle la guerra al terrorismo es eligiendo, de manera consciente e intencional, no dejar entrar al miedo. Si entras en el juego, si empiezas a desconfiar de todo y de todos, si empiezas a imaginar cosas terribles de todo lo que te pudiera pasar, si no quieres salir de tu casa ni correr ningún tipo de riesgo, si decides nunca volver a viajar, entonces ya ni vale la pena que te maten, ya estás muerto en vida, ya te paralizaron, ya te quitaron cualquier motivo, esperanza, ilusión de seguir viviendo.

El miedo es terrible, se mete a tus órganos y te enferma, pero sobre todo, es absolutamente inútil. La mayoría de nuestros miedos son irreales, están basados en suposiciones, en imaginaciones que rondan en nuestra mente y se basan en hechos que muy probablemente no vayan a pasar nunca, y que si pasan, de cualquier forma no los hubiéramos podido evitar.

No-Dualidad Amor / Miedo

Estoy segura de no ser la única en preguntarse qué está sucediendo en este momento en el mundo, cuál es la razón de tanta violencia. No tengo la respuesta, y sin querer justificar absolutamente a nada ni a nadie, creo que detrás de cualquier acto de violencia hay un sentimiento de injusticia. En algún momento algo sucedió para generar tanto odio y tanta desesperanza en una persona que es capaz de matarse llevándose consigo la mayor cantidad de personas. Y sin entrar en temas geopolíticos, sí creo que varios países de Occidente tienen mucho que reflexionar acerca de su política exterior en Medio Oriente y otras regiones del mundo, a sus intereses económicos y su industria armamentista, su dependencia al petróleo y su terquedad de imponer la gloriosa “democracia” que para muchos países solo ha significado una mayor desigualdad, guerra, destrucción y el reforzamiento de grupos extremistas y radicales.

Pero a pesar de todo el odio y el miedo que se vive en el mundo (no sólo ahora, pero prácticamente durante toda la historia de la humanidad), la mayoría de las personas somos gente buena, con buenos sentimientos. Y como la contraparte del amor no es el odio, sino el miedo, y no puede haber una cosa sin la otra, este ambiente temeroso y el hecho de que precisamente no sabemos cuándo o de qué forma pueda acabar nuestra vida, hace que muchos decidamos volcarnos en el amor, enfocarnos en lo que es realmente importante.

A veces es necesario ver lo peor de lo que somos capaces para sacar a su vez lo mejor que tenemos. La maldad nos obliga a hacernos más buenos, más humanos, a cometer actos de bondad de una manera más consciente y determinada. Lo hemos visto en las demostraciones de solidaridad masiva después de los atentados terroristas en París, por ejemplo. O en los héroes anónimos que deciden arriesgar su vida por otros. Personalmente, me sucedió en el vuelo de París a Beirut cuando, antes del despegue, el sobrecargo pasó a cada uno de los asientos a darnos los buenos días, sonriéndonos y mirándonos directamente a los ojos a todos los pasajeros. Realmente se me hizo muy raro, sobretodo viniendo de un francés (broma). Después de un rato de reflexión me di cuenta de que su gesto era sin duda una estrategia de detección de terrorista potencial, pues seguramente alguien que está a punto de hacerse explotar en un avión tendría dificultad en ver a los ojos, dar los buenos días y regresarle la sonrisa a alguien. Y entonces también pensé que, en cierta forma, gracias a esto, los pasajeros de Air France tuvimos derecho a un inicio de vuelo muy amable y agradable. Pero más que nada, me di cuenta que ante una amenaza terrorista, solo queda recurrir a actos de humanidad.

Todo esto para concluir diciendo que en realidad no puede haber amor sin miedo ni miedo sin amor. El universo lo incluye todo, todo somos uno, y cuando sufre uno sufrimos todos. Yo soy tú, tu eres yo. Y ante momentos de miedo, lo único que nos queda es enfocarnos en aquellos actos de amor y de bondad que nos hacen entender lo que realmente significa humanidad y su perfección. Humanidad es ese sentimiento de empatía cuando ves a alguien sufriendo. Es la felicidad de ver a un niño sonreír, inocentemente y con toda la esperanza y confianza en la vida. Es la compasión que nace en ti al ver que puedes ayudar a alguien, desinteresadamente. Es la solidaridad entre personas a través de pequeñas o grandes acciones. Es la emoción de ver un atardecer, de escuchar el canto de los pájaros, de sentir la brisa del mar.

Es precisamente ese miedo permanente de que en cualquier momento cualquier cosa pueda pasar que permite que te enfoques en el momento presente y en las cosas esenciales de la vida, sin preocuparte por cosas que no puedes controlar, sin perder tiempo, reestructurando tus prioridades y generando amor de manera constante.

Mi batalla personal

Debo confesar que no ha sido fácil no apropiarme o contaminarme de miedos ajenos, porque obviamente nadie quiere tomar “malas decisiones”, nadie quiere escuchar un “te dije” o un “te lo advertí”, pero sobre todo, nadie quiere poner en riesgo a quienes más ama en la vida. Al mismo tiempo, estoy convencida de que son muy pocas las cosas que dependen completamente de mí y que si no puedo controlar muchas de las cosas que suceden en mi vida, mucho menos podré hacerlo en la vida de los demás. Los riesgos están en cualquier parte, en todas partes, en todo momento. De ahí la importancia de vivir cada instante, cada momento, como si fuera el último. Vivir y confiar en el presente. Es quizá el hecho de que Léa haya muerto en un hospital, donde se supone que se salvan vidas, lo que me ha enseñado que en realidad, cuando te toca, aunque te quites, y cuando no te toca, aunque te pongas.

No estamos yendo a un país en guerra. Estamos yendo a un país donde mi esposo puede realizar el trabajo que ama. Un país que tanto Naciones Unidas como Cruz Roja consideran seguro para familias de expatriados. Nos estamos reuniendo también con miembros de la familia muy queridos y estamos emocionados de vivir la experiencia de estar en un país con tanta riqueza cultural, histórica, social y religiosa. Pero sobre todo creemos, y esto se lo copio a mi sabio esposo, que si algo podemos aportar a este mundo, es una nueva generación de jóvenes abiertos a las diferencias, tolerantes y conscientes de la diversidad. Queremos que nuestros hijos estén expuestos a diferentes formas de ver, de pensar, y de hablar, y que descubran que este mundo es diverso, maravilloso, y que hay personas buenas en todas partes.

Desgraciadamente no puedo asegurar que no nos vaya a pasar nada, nunca, ni en Líbano ni en ningún otro lugar del mundo. Por lo que no nos queda más que vivir el presente y vivirlo al máximo. Haciendo de cada instante una eternidad. Viviendo sin culpas, ni remordimientos, ni preocupaciones, ni arrepentimientos, y más bien buscando el amor y la compasión en cada momento. Apreciando y agradeciendo diariamente todas las bendiciones que tenemos. Si tú, que estás leyendo esto, estás preocupad@ por nosotros y por nuestra vida, entonces te pido que no nos preguntes si tenemos miedo, simplemente aprovéchanos mientras estemos aquí, dinos que nos quieres, deséanos suerte, mándanos buenas vibras y, si crees en el poder de la oración, ora por nosotros.

He decidido no vivir desconfiando de todos y de todo. Mi paz y mi tranquilidad no dependerán de un mosquito, ni de un ratero, ni de un narco, ni de un huracán, y mucho menos de un terrorista. Hoy por hoy, decido confiar en la vida y vivirla con esa incertidumbre constante e inevitable de no saber lo que pueda pasar mañana, pero con la seguridad absoluta de que pase lo que pase, todo estará bien.

 

 

Acerca de LaLoren

Migrante permanente: 21 años tapatía, 1 lyonesa, 2 parisina, 2 grenadina, 1 guadalupense, 1 chiapaneca, 1.5 chilanga, 1 trinitaria, 0.5 ginebrina, 3.5 panameña, ? libanesa
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