Los desastres del pre-2012

Será difícil para la mayoría de nosotros olvidar las imágenes del desastre ocurrido en Japón el pasado 11 de marzo. Es impactantemente desgarrador imaginarse un terremoto de tal magnitud con una duración de más de tres minutos para después ver llegar una ola gigante arrastrando pueblos y ciudades de la segunda potencia mundial. Los desastres naturales nos muestran la vulnerabilidad del hombre, la insignificancia del poder humano ante el poder de la naturaleza. Sólo que esta vez el desastre natural, en cierta forma inevitable e impredecible, se conjuntó con un desastre nuclear totalmente evitable y predecible.

La energía nuclear está basada en el riesgo, siempre latente pero, improbable según los científicos. Se dice que la generación de energía a través de plantas nucleares es mucho menos contaminante que la extracción de petróleo, siempre y cuando no haya un accidente… Japón demostró que lo improbable no es imposible, y ahora nos encontramos ante una catástrofe nuclear con consecuencias aún incalculables, pero sin duda globales[1].

Como con la mayoría de los desastres de tal magnitud, la población global nos quedamos como en estado de shock y no exigimos explicaciones ni mayor información. Quizá es el fenómeno de “ojos que no ven, corazón que no siente”, y preferimos quedarnos con la duda de la dimensión de los efectos tanto en el medio ambiente como en la salud y el equilibrio de cualquier ser viviente.

Los líderes y los “responsables” del bienestar de las personas tampoco saben muy bien cómo reaccionar, y han optado siempre por el silencio. Así sucedió con Hiroshima y Nagasaki, con Chernóbil, y ahora con Fukushima. Sucedió también con el derrame petrolero en el Golfo de México en abril de 2010, que primero nos dijeron que era el peor desastre en la historia de la humanidad, y después de algunas semanas ya nadie se acordaba y hasta nos creímos eso de que todo el petróleo finalmente se diluyó en el mar y se lo tragó Nemo.

Sin embargo, es comprensible que el Manual de Protocolos de los líderes no mencione los procedimientos a seguir en caso de desgracias globales, pues sería demasiado brutal y despiadado imaginarlos dando un mensaje en vivo por la televisión en todos los canales del mundo, de canal abierto y de paga, diciendo “Queridos terrestres, queremos anunciarles que les acabamos de desgraciar la vida a ustedes y a todas las próximas generaciones. Les acabamos de multiplicar el riesgo de cáncer x 100 a ustedes, a sus hijos, a sus nietos y a todos los que alcancen a venir antes del 2012 que de todos modos los Mayas ya dijeron que esto se va a acabar”.

Y yo ahora me pregunto ¿quién podrá defendernos? Bastará con dejar de comprar Mitsubishi, Sony y Toyota y no comer sushis? Quizá todos estos acontecimientos son sólo incentivos supra naturales a fin de crear una nueva conciencia global que nos faculte a medir los efectos de nuestras acciones. Tal vez antes del 2012 los ciudadanos de este planeta exijamos seriamente la búsqueda de nuevas fuentes de generación de energía, realmente sustentables, ecológicas y de bajo riesgo. Probablemente nos daremos cuenta que son las pequeñas acciones individuales las que se convierten en corrientes colectivas, y que esa dependencia excesiva a la energía la provocamos cada uno de nosotros, en nuestra vida diaria, impulsados por esa necesidad de consumo constante que nos han hecho creer que nos hará felices y que en realidad lo único que está haciendo es acabar con nuestra Madre Tierra.


[1] La oficina de meteorología de Francia realizó un modelo del movimiento de los desechos radioactivos de Fukushima que se puede observar en ésta página: http://www.irsn.fr/FR/popup/Pages/irsn-meteo-france_19mars.aspx.
Prácticamente no hay un rincón del planeta que quedará indemne a la radioactividad.

 
 
 
 
Columna publicada en el Boletín de noticias Malabares el 24 de marzo de 2011
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