Y tú pareces niño chiquito?

Hay personas que para ofender te dicen que pareces niño chiquito, y hay gente que se siente muy ofendida si le dicen que actúa como niño. Sin embargo, el mundo sería otra cosa si todos aplicáramos a diario una filosofía infantil.

En primer lugar, habría menos estrés, pues los niños no saben de presión, ni de horarios. Disfrutan el momento, se detienen a observar la hormiga que va atravesando la banqueta, no saben de tiempos ni de prisas. No se preocupan por el pasado ni por el futuro, para ellos lo importante es únicamente el aquí y el ahora, por lo tanto no conocen el rencor. Un niño olvida y perdona, pues tiene memoria a corto plazo y para ellos lo pasado ya pasó. Se concentran en el presente, se despiertan cada día como si fuera el primero de sus vidas, dispuestos a llenarlo de aventuras y nuevas experiencias.

Si todos actuáramos como niños tendríamos menos miedos, nos arriesgaríamos más y le daríamos menos importancia a las decisiones. Aprenderíamos algo nuevo todos los días, y no tendríamos miedo de intentar cosas que nunca antes hemos hecho. Nuestros sueños y metas no tendrían límites, aspiraríamos a ser lo que queremos ser sin que la palabra imposible se cruzara nunca por nuestra cabeza.

Seguramente habría menos conflictos pues los niños son empáticos y no conocen de prejuicios. Se dan la oportunidad de conocer a las personas sin importar las clases sociales, las razas, las edades. Los niños no conocen de nacionalidades ni de idiomas, ni siquiera necesitan hablar para poder comunicar. Son honestos, no engañan. Conocen el significado y el poder de una sonrisa y de un llanto, pero sobre todo son solidarios con los sentimientos de los que los rodean (basta ver cómo un bebé empieza a llorar tan sólo al escuchar el llanto de otro bebé).

Si pensáramos como niños seriamos también menos superficiales, pues no sabríamos de marcas ni de precios. Nos divertiríamos igual con un globo que con el último videojuego de moda, y le daríamos menos importancia a las cosas materiales, a los objetos. Nuestra riqueza se contaría por la suma de cariño que damos, la cantidad de besos y abrazos otorgados, el número de veces que nos reímos durante el día, la diversión acumulada durante nuestra vida. Los laboratorios de antidepresivos se habrían ido a la quiebra pues veríamos las cosas con más humor, hasta nuestras caídas y golpes serían motivos de risa, y sabríamos relativizar los acontecimientos, sabríamos que nada es permanente y que todo es un cambio constante y que por eso mismo no vale la pena preocuparse, sino divertirse.

  Columna Publicada en el Boletín Informativo de Malabares el 17 de febrero de 2011.

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